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Nueva categoría, epístolas a mis alumnos/as.

marzo 4, 2018

Este blog tiene un marcado carácter práctico. Él me sirve de soporte, de libro en blanco sobre el que escribir mis asignaturas. De vez en cuando lo utilizo para otros asuntos, menos prácticos pero creo que incluso más didácticos. Y he pensado crear directamente una categoría desde la que filosofar con mi alumnado.

Los profesores podríamos ser afortunados, ser escuchados cada día por un público fiel que no suele faltar. Que asista con ganas de escuchar es harina de otro costal. Sería bonito lograr esa magia que os hiciera asistir por sincero interés. Muchas cosas deberían cambiar, yo misma, para empezar.

Luego los profesores de Historia tendemos a cometer una imprudencia, hablar demasiado. Nos gusta escucharnos, asumiendo que a veces somos nuestro único auditorio. Tiene su mérito, desde luego. Pero es que ser historiador conlleva saber escuchar, guardando silencio y sin interrumpir. También saber mirar, y ver más allá. Yo he tenido un gran maestro de Historia, mi abuelo Fabio. Él también tenía madera de historiador, aunque hubiese dedicado sus últimos años en activo a vender helados. Pero le gustaba narrar y ser escuchado en silencio, pues aquello que tenía que contar era importante, era su Historia, la real que había vivido y a veces poco tenía que ver con la que su hijo aprendía en la escuela.

Las Ciencias Sociales estudian al ser humano. Con un objeto de estudio tan complejo ¿cómo llegar a verdades absolutas, a versiones definitivas e incontestables? Imposible. Y en ese espacio hueco, lleno de preguntas, el historiador hace su trabajo. Investiga y sobre todo construye, crea una historia que dé sentido al enigma. Cierto que siempre hay unas fuentes y la técnica a su servicio, pero también trabajo fino de reflexión.

A veces yo miro incrédula ciertas conversaciones arrebatadas, entre historiadores, y pienso, ¡cómo se deben de estar riendo nuestros antepasados!

Utilizando mis conocimientos históricos y mi capacidad de análisis, planteo mi hipótesis. Yo imagino a Goya en plena guerra de la Independencia. Sorprendido ante lo extraño de los acontecimientos, un rey francés, sin mucho que decir, que interrumpe a la monarquía borbónica (que tampoco es que tuviera mucho que decir). El pueblo que de pronto siente que su orgullo patrio está siendo atacado, como si fuera importante Borbón o Bonaparte. Y Goya desde su ventana contemplando al pueblo enfurecido plantando cara al enemigo. Y él ni fu ni fa, no puede sentir el conflicto suyo aunque le inspire la violencia y la fuerza de la masa. Y pinta sus grandes lienzos huyendo de él mismo y sus más que evidentes contradicciones. Pues no sabe si luchar contra los franceses puede ser matar la única oportunidad de plantear una alternativa al inamovible absolutismo y sus males. Goya será testigo directo de la muerte y la desolación, de la tristeza de la condición humana, muchas más veces dispuesta al odio y la destrucción que a la esperanza y el entendimiento. Sintiendo a la vez curiosidad por Napoleón, que tenía Europa patas arriba, y desconfianza, pues no se puede venir defendiendo la libertad con un arma en la mano. Y Goya sabe que lo suyo son los pinceles y de luchar, solo por un mendrugo de pán.

Ya me ha vuelto a pasar, me he quedado sola mientras contaba el rollo. Buenas noches.

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