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A una digna vagabunda

junio 3, 2009

Cruza siguiendo interminables viajes
los paseos, las plazas y las ferias;
cruza como una sombra los parajes,
recitando un poema de miserias.

Carlos Pezoa Véliz

Estrofa del poema “El perro vagabundo

La primera vez que la vio fue una noche de mayo en la que el calor empezaba a apretar. Ella paseaba como todas las noches, en busca de buena compañía con la que compartir el viaje a ninguna parte. Él volvía a casa, sereno y satisfecho tras una buena jornada. Ella era una perra negra como la noche, con un largo pelaje brillante y unos dóciles ojos que recordaban la ferocidad que tienen los lobos cuando se sienten en peligro. Él soñaba con vivir a la luz de una vela y dormir en el calor de un amor sincero.

Aquella noche ambos se encontraron. Por un momento olvidaron la condición natural bajo la que cada uno había nacido y andaron juntos como dos desconocidos que de pronto descubren la de cosas que tienen en común. Sin mediar palabra, debido a la diversidad de lenguas que cada uno dominaba, andaron en la oscudidad de una noche que no era precisamente silenciosa. Durante veinte minutos, supieron disfrutar de un paseo resultado de la casualidad.

En el trayecto que duró aquel viaje en compañía, él supo que nunca la olvidaría. Fruto de la particular inteligencia que el ser humano posee, nuestro protagonista podía continuar su camino tranquilo de saber que ese momento para siempre le pertenecería. Nuestra vagabunda disfrutaba a su vez de la inconsciencia del que piensa que los momentos son eternos. Para ella aquel paseo era todo cuanto recordaba y deseaba. Sin amo al que echar de menos ni casa a la que volver, era libre.  La libertad de aquella perra residía en la misma capacidad de saber compartir momentos de complicidad con desconocidos, a los que llevados a su destino olvidar, o tal vez no.

Aquel trayecto llegó a su fin. Y sin amarga despedida ni promesas de reencuentro, cada uno continúo su vida. Tres días más tardes, él volvió a verla. En su peregrinar por la ciudad, aquella alma vagabunda había vuelto a encontrar a alguien con quien compartir parte de su existencia, una señora cargada de bolsas. No era difícil imaginar que llegado a su destino, aquella alianza de soledades se rompería. Efectivamente aquella loba no giró la cabeza en busca de él, que la miraba sin pestañear, recordando aquel paseo en compañía de una digna vagabunda.

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